Poca gente conoce o está consciente de que el único reactor nuclear que existe hasta la fecha en Venezuela se encuentra a escasos once kilómetros de la salida sur de Caracas. Se trata de un reactor de vieja generación, instalado en los años 50 del siglo pasado: fue, si no el primero, uno de los primeros en América latina. Su obsolescencia recondujo a su administrador, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) a reconvertirlo, hace pocos años, en una planta de esterilización mediante rayos gamma (Véase http://www.ivic.gob.ve/bis/bis137/)
Desconozco cuánta agua utiliza un reactor de este tipo y cuánto vapor de agua de desecho genera su actividad diaria. En los días de mayor condensación atmosférica es fácilmente visible desde San Antonio de los Altos, dieciséis kilómetros al sur de Caracas, una gran nube, estática sobre el reactor. Densa, muchas veces solitaria, blanca, nunca gris, difícil de disolver con la brisa, solo un observador frecuente y perspicaz puede concluir de qué se trata esa nube, que supongo inofensiva, solo hecha de vapor de agua y vapor de más nada. La he visto muchas tardes, flotando ahí, desafiando los rosados y naranjas crepúsculos, la silueta del Guaraira Repano y el anochecer de las montañas de los Altos mirandinos. También la he visto esperar, el amanecer, impertérrita y misteriosa. Algunas veces la he logrado ver incluso desde Caracas, desde la Plaza Venezuela, lejana pero nítida y rotunda en sus volúmenes, por encima de la silueta del Jardín Botánico. La gente no sabe que está ahí, cotidiana y sola, como esperando algo.
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