miércoles, 31 de marzo de 2010

El aguijón de concreto pretende entonces construir algo en la noche
Un aguijón de concreto quiere hincar el cielo pero es derretido por el gran guardián celestial

jueves, 18 de marzo de 2010

La luz de Dios trepa escaleras para entrar al templo


Las iglesias católicas suelen ser sitios cerrados, oscuros, incluso hoscos.
¿Cuántas veces no hemos querido entrar a una iglesia católica y la hemos encontrado con sus portones cerrados, cumpliendo el burocrático horario? Sinceramente no creo que Dios apruebe el horario de los templos católicos.
Por eso no me extrañó el esfuerzo que un gusano de luz hizo una mañana al trepar la escalera de una iglesia tratando de penetrar esa "casa de Dios"
Si en la mitología... perdón... teología católica, Dios hizo la luz, es claro que Dios mande un poquito de luz a penetrar su "casa".

martes, 16 de marzo de 2010

Días de cielos blancos, soles rojos y picor en la garganta

Hoy me saltaré la tácita promesa de poner sólo una imagen por cada entrada en este blog y haré una especie de reportaje.

Por una combinación de factores que hace doce años no ocurrían, los valles de Caracas están repletos de calima (calina) una densa nube de humo de sabanas y bosques incendiados y vapor de agua condensado por la altura, en medio de un sofocante verano, ardiente sequía, como ninguna de, al parecer, los últimos cuarenta años. Ya vamos sin verdaderas lluvias desde la tímida temporada de 2008. Creo que no hay reales aguaceros por estos lados desde 2007. Vaya!

Desde junio del año pasado notamos que las lluvias se habían ausentado. Con más conciencia, en octubre ya sabíamos de una prolongación llamativa e inusual de la sequía. En enero de este año tomé esta imagen, a 3000 metros de altura: la llanura de Barlovento se quemaba masivamente ¡losprimeros días de enero!



Y así se veían los valles de Caucagua ese mismo día...

Barlovento y Caucagua, agrícolas, están al oriente de la turbulenta Caracas, entre 100 y 150 kilómetros. Desde allá soplan los vientos que entran por el este a la metrópoli y desde allá provienen los intensos humos de su vegetación exhausta en las llamas.

En 1998 habíamos tenido esos días de cielos blancos, soles rojos y picor en la garganta, olor a masa vegetal quemada y calor sofocante. Recuerdo los atardeceres paradójicamente magníficos, soles rojos, grandes pelotas que se ahogaban en una densa niebla blanca. Aquello ocurría en una época habitual de sequía: abril.

Pero este año...este año dosmildiez, ocurre lo mismo desde finales de febrero. Y hoy, apenas 15 de marzo, ya hemos visto una semana de soles rojos siendo devorados a las cinco y media de la tarde por una masa de humo blanco, después de mañanas y tardes de cielos nada azules, un velo blanco nos envuelve durante todo el día. El espectáculo de los soles rojos entusiasma a sacar fotografías.


El domingo curiosamente capturé a Lázaro Cárdenas, mirando desde su pedestal de la avenida México uno de esos soles rojos explotando mientras era devorado en un horizonte inexistente, tras una cortina de cenizas vegetales y calientes nubes deshechas,

¿Cuánto más durarán estos soles que ponen áspera la garganta?

miércoles, 3 de marzo de 2010

La nube del Ivic


Poca gente conoce o está consciente de que el único reactor nuclear que existe hasta la fecha en Venezuela se encuentra a escasos once kilómetros de la salida sur de Caracas. Se trata de un reactor de vieja generación, instalado en los años 50 del siglo pasado: fue, si no el primero, uno de los primeros en América latina. Su obsolescencia recondujo a su administrador, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) a reconvertirlo, hace pocos años, en una planta de esterilización mediante rayos gamma (Véase http://www.ivic.gob.ve/bis/bis137/)
Desconozco cuánta agua utiliza un reactor de este tipo y cuánto vapor de agua de desecho genera su actividad diaria. En los días de mayor condensación atmosférica es fácilmente visible desde San Antonio de los Altos, dieciséis kilómetros al sur de Caracas, una gran nube, estática sobre el reactor. Densa, muchas veces solitaria, blanca, nunca gris, difícil de disolver con la brisa, solo un observador frecuente y perspicaz puede concluir de qué se trata esa nube, que supongo inofensiva, solo hecha de vapor de agua y vapor de más nada. La he visto muchas tardes, flotando ahí, desafiando los rosados y naranjas crepúsculos, la silueta del Guaraira Repano y el anochecer de las montañas de los Altos mirandinos. También la he visto esperar, el amanecer, impertérrita y misteriosa. Algunas veces la he logrado ver incluso desde Caracas, desde la Plaza Venezuela, lejana pero nítida y rotunda en sus volúmenes, por encima de la silueta del Jardín Botánico. La gente no sabe que está ahí, cotidiana y sola, como esperando algo.