
Beber café es un arte. Un arte que depende del que pide el café y se sienta a tomarlo, del que prepara el café y lo sirve, de quien acompaña el café en el pensamiento o en la conversación. Esto es, un café no debe nunca beberse apurado. Tampoco, en cualquier parte. Hace unos días boté en la basura un vaso de café verdaderamente lamentable, asqueroso, que un chino me sirvió de una de esas máquinas expresas italianas que tan populares se hicieron acá entre nosotros, y del cual solo probé un destestable sorbo. Hoy, al mediodía, se repitió el infortunio de un café...infame, si cabe la palabra, esta vez servido por... nadie notorio, de una de esas máquinas gringas que mezclan polvos de café colombiano (o supuestamente colombiano, mucho del café producido en Venezuela, que es de calidad superior al colombiano, es contrabandeado a Colombia y ahí empaquetado como prodigioso "Café de Colombia").
Por fortuna, lo habitual es que el café sea bien servido, equilibrado según uno lo pida... Ahora hay más esfuerzo en presentar variedades de café. Un café así, bien pedido, no se comparte con cualquiera. Se disfruta conversando y sorbiendo con deleite. La dulce amargura de tener que abandonar la conversación queda en la boca, en el paladar, en la garganta al dar por concluída la sesión.
¿Cuántos cafés he disfrutado en mi vida?
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